domingo, 6 de noviembre de 2011

Desafiando lo que está escrito.

Me levanté temprano, con la lluvia de fondo. Era un día de aquellos tantos que pasaba en casa encerrado en mi habitación, leyendo, pensando y observando aquellas pequeñas gotas que se iban pegando en el cristal. Decidí ojear aquel libro gris que me había comprado mi madre en la pequeña tienda de debajo de casa. Abrí la página 120 como hacía siempre, aunque casi ya no me acordaba por qué lo hacía. Y entonces lo vi. Vi aquel nombre escrito con una perfecta caligrafía. Y la recordé, tan bella, tan joven. Recordé aquel invierno y aquel día que cambió el destino de las cosas. Cuando menos te lo esperas el pasado puede venir a remover el presente, y nunca sabes a donde te va a llevar, sólo puedes confiar en que sea un sitio al que deseas ir.

Recuerdo aquel invierno, diez años atrás, donde la nieve se apoderaba de todos los rincones de la ciudad. Estaba vagando aquella noche por las pequeñas calles llenas de luces. La navidad estaba a la vuelta de la esquina, la gente ya empezaba a decorar sus casas, y la felicidad iba creciendo en su interior. En mí sólo crecía la desesperanza, la amargura, la debilidad y el frío. Aquel frío de invierno que no me dejaba ni apenas respirar, aquel frío que me helaba por fuera, y por dentro. No estaba pasando un buen momento, todo lo de mi alrededor me irritaba, me maldecía, crecía en mi por momentos la infelicidad. Estaba hurgando en una tienda de antigüedades algún libro que no hubiera leído ya, cuando apareció. Ella inundó con su mirada mis ojos tristes. Nunca había visto a nadie con una mirada tan llena. Y hablamos. No sé por qué pero hablamos. Y nos reímos, eso lo recuerdo bien. Fue la primera noche en años, en que me sentí afortunado. Se estaba haciendo tarde y la despedida se acercaba. Tuve la esperanza de que la volvería a ver, pero no me quiso decir su nombre, ni su dirección. Estaba perdido. Había encontrado mi mitad, y ni siquiera sabía como se llamaba. Se fue. Y me quedé allí de pie, inmóvil, viendo como se perdía entre la gente. Y empece a correr hasta que la alcancé, la detuve y me miró. Sacó el libro que se compró en la tienda, abrió la página 120 y escribió su nombre y su teléfono. Luego fue a una pequeña parada y lo vendió. Me dijo, que si nuestro destino era volver a encontrarnos, aquel libro llegaría a mis manos. Y así sin más, se fue. Otra vez. Estuve tantos meses buscando aquel libro, que me enloquecí. Luego, supongo que me cansé de buscar algo sin sentido. Me olvidé de aquella chica de pelo rubio y mejillas rojizas y aquella noche de mi vida se fue apagando en mis recuerdos.

Cerré el libro y la llamé. No sabía que le diría, ni si se acordara de mi, pero la llamé. Oí su voz, la recordé de inmediato, y le explique lo sucedido. Quedamos. Y nos reímos otra vez, como aquella vez. Es curioso como las cosas pasan. Tenía mi destino tan cerca, debajo de casa, delante de mis narices... Pero me dijo adiós, ella y su mirada me dijeron adiós. Sabía que eso pasaría, sabía que nuestra historia tenia que haber empezado diez años atrás, no ahora, pero ella quiso desafiar al cruel destino y no funcionó. La magia de aquella noche no apareció de nuevo. No querría que me dijera adiós porque lo nuestro nunca había empezado. Y entonces comprendí que el destino es una buena cosa cuando todo te va bien, cuando eso no es así, no se le llama destino, se le llama injusticia, traición o simplemente mala suerte.





"Text escrit el matí del 6 de Novembre de 2011"

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